He dedicado muchos años de mi vida a investigar la identidad del Paraguay a partir de su literatura. Es una pena que casi nadie haya leído los resultados de esa investigación, y más que la ausencia de lectores sea mayor en el país que me acogió durante veinte años.

El caso es que un acontecimiento fundacional ocurre en el siglo XIX, coincidiendo con los primeros pasos de una literatura algo consistente: la Guerra de la Triple Alianza o del Paraguay; la Guerra -porque así lo fue: desmesurada- Grande. Natalicio Talavera se verá sumido en ella, y los poetas de la lírica de la consolación se sentirán interpelados por la derrota, pero también por el desprecio por parte de las potencias al servicio del Imperio de Brasil. Hay que levantar al Paraguay postrado; consolarlo, invitarle a mirarse a sí mismo y a descubrir su valor, lo que quiere decir develar su identidad. Y es que toda identidad es valiosa.

La consecuencia es la idealización de lo paraguayo, desde los tiempos anteriores a la conquista y en los años posteriores. El paisaje -ese paisaje irreconocible ahora por la ausencia de bosques y de chacras, y que yo pude vislumbrar aún en los años de mi juventud- se pinta con pinceladas de armoniosa perfección. En él habitan el hombre y la mujer en -también- armoniosa armonía, como armónica es la relación entre la raza guaraní y la hispana. Y el resultado es la civilización, para algunos impulsada por los López.

Parodi, Guanes, los de la generación del 900 (sean lopiztas o antilopiztas), más tarde Natalicio González o Concepción Leyes de Cháves, idealizan el Paraguay en su literatura. Pero hay una autora que siempre me ha llamado la atención por su sencillez, por su maestría técnica, por su capacidad de fabular y por (casi todos) los valores que transmite: Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá. Escribió en los años veinte del siglo pasado Tradiciones del hogar. A principios de los cincuenta, La casa y su sombra. Entre medias no tuvo mucho tiempo, porque aparte de sacar adelante a su familia junto con su marido José Rodríguez Alcalá (autor de la novela Ignacia), se multiplicó en la atención a los heridos en la Guerra del Chaco y, después, en la Cruz Roja.

Sus dos obritas son una colección de relatos cortos que son una auténtica delicia. Algunos los recrea en el pasado histórico, en el siglo XIX, sobre todo en la Guerra Grande. Otros, en la Guerra del Chaco. Muchos nacen de la memoria familiar. El que más he estudiado es «De aquel viejo dolor», de La casa y su sombra. Y, pese a muchos que me criticarán alegando que en ellos se encuentra una visión falsa y edulcorada de la identidad paraguaya, he decir que en gran medida la descubrí gracias a su lectura.

Dejo acá el enlace de un artículo sobre el relato: https://proa.ua.pt/index.php/formabreve/article/view/25205

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