José M. García Pelegrín nos sitúa en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de universitarios de poco más de 20 años de edad y el catedrático Kurt Huber se unen en la Rosa Blanca y se rebelan contra Hitler con la única arma que tienen: la palabra. Imprimen y reparten Hojas primero en Múnich, después en otras ciudades alemanas. La mayoría de ellos serán condenados a muerte. Pero su testimonio quedó como la prueba irrefutable de que ningún tirano puede acallar la conciencia de todos.

Profundamente conmovido por esta lectura, escribí hace años varias entradas en un blog que por entonces tenía. Por ejemplo, la siguiente, sugerida por los tiempos de guerra que vivimos:

Apenas se percibe en nuestras calles el temblor. Pero es así: la Tierra tiembla; y a veces se retuerce de dolor, sobre todo cuando, allá lejos, sufre el impacto de las granadas, la vejación de los misiles, el estupor de las bombas.

Y apenas son audibles los gritos de los niños, sus llantos, por más que el viento cargado de ceniza porfía desde el este y el sur por penetrarnos, por perforar nuestros tímpanos y derramar tanto dolor en nuestras entrañas.

Desvaría la madre allá a lo lejos; mira el anciano sin mirar, atónito.

Cada día que pase, la guerra estará más cerca de nosotros. Tarde o temprano, extenderá su garra, y llagará tu barrio. Arañará nuestras calles y se colará en los portales. Y arrancará, de nuestra médula, hasta el último estertor de nuestro llanto.

Y, sin embargo, en la noche más cubierta puede alumbrar alguna luz: el viento sopla y entre jirones de nubes fulge una estrella. Yo la he buscado en el pasado, en los años oscuros, cuando parecía perdida ya toda esperanza. Tuvo la forma de una rosa blanca.

La Rosa Blanca se inspiraba en unos versos de Clemens Brentano, en los cuales se encuentra el origen del nombre del grupo formado por aquellos jóvenes:

Y la piadosa Rosa Blanca,

con su cascada de rizos dorados,

quiere pagar toda la culpa.

Lo que te queda, Rosa Blanca,

dalo a los pobres o sacrifícalo,

¡ve en nombre de Dios!

¿Cuál era, para Alexander Schmorell, Willi Graf, Christoph Probst, Hubert Furtwängler… y los hermanos Sophie y Hans Scholl, la culpa que había que pagar? La de entonces y la de ahora: la ideología del ateísmo y del terror, entonces  impuesta por el nacionalsocialismo. En una de las “Hojas de la Rosa Blanca” impresa en la clandestinidad y distribuida por distintos puntos de Alemania, escribieron:

El nombre alemán permanecerá para siempre mancillado si la juventud alemana no se alza para vengar y expiar, al mismo tiempo; para aniquilar a sus opresores y construir una nueva Europa espiritual.

Antes, unas palabras ponían nombre a los opresores y apuntaban a la manipulación del lenguaje como una de las armas que habían empleado para hacerse con el poder:

¡Libertad y honor! Durante diez largos años, Hitler y sus compadres han exprimido hasta el hastío estas dos magníficas palabras alemanas, las han manido y tergiversado como sólo lo pueden hacer diletantes que echan a los cerdos los mayores valores de una nación. Lo que para ellos significan la libertad y el honor lo han demostrado suficientemente en diez años de destrucción de toda la libertad material y espiritual, de toda la sustancia moral del pueblo.

Un elemento común a la mayoría de ellos es su progresivo acercamiento a la fe cristiana: Christoph Probst, por ejemplo, recibió el bautismo y la Primera Comunión en la celda antes de su ejecución. En otra de las “Hojas” escribían:

A ti que eres cristiano, te pregunto: (…) ¿hay aún vacilación, un juego con intrigas, un retrasar la decisión, con la esperanza de que sea otro quien alce las armas para defenderte? ¿No te ha dado Dios mismo la fuerza y el ánimo para luchar?

¿Fracasaron en su empeño? No parece sugerirlo así la despedida de Willi Graf a sus padres y hermanas:

Sed fuertes y estad serenos, confiando en la mano de Dios, que hace que todo sea para bien, aunque en un determinado momento produzca un amargo dolor (…) El amor de Dios nos sostiene y nosotros confiamos en su gracia; que el Señor sea para nosotros un juez bondadoso.

¿Clases de concepción del mundo?

¿Cuál es la clave para que un régimen monstruoso, ajeno por completo a la verdad y a la belleza, inimaginable apenas unos años antes e incompatible con la conciencia, sea hecho suyo por toda una nación y seguido por tantos grupos en otros países? ¿Dónde radica el origen de un mal tan ávido?

Rebusco en mi memoria, acudo a aquellos días de lectura ardiente de las páginas de García Pelegrín, aquellas que cuentan la historia del grupo de estudiantes que se rebeló contra Hitler. Quiero ser uno de ellos, sumergirme en su cotidiana realidad, en los años en que el régimen tomaba paso a paso el control de todos los ámbitos de la sociedad alemana. Quiero preguntarme qué nos está pasando, cómo es posible que no reaccionemos ahora que estamos a tiempo; averiguar por qué las marchas militares y los exaltados cantos del partidos han ahogado las baladas de amor; o por qué el vecino tan cercano, tan parte de nuestro barrio, es ahora un extraño, un extraño que calla, que malicia, que recela tras esa estrella, etiqueta súbita de su ser entero.

Y ahora me rebelo contra la guerra, contra esta guerra que batalla tras batalla, victoriosas todas como un relámpago que en medio del campo alcanza y quema al solitario roble desvalido, pervierte la mirada y esconde la carne troceada, los ojos fuera de sus órbitas, el anhelo vital de perecer porque te han secado los pechos y cegado tu manantial de vida. Será ya tarde cuando nos demos cuenta de que el frente que se expande ahora ha empezado a contraerse, a cerrarse, a sembrar nuestro suelo de ojos inquisidores, de pituitarias que olfatean la sangre que hemos vertido.

Nos debimos haber dado cuenta antes. O quizás lo hicimos, pero lo dejamos pasar. ¿A quién le pareció bien la idea de esas clases de “concepción del mundo” (Weltanschauungsunterricht) que el régimen intentó imponer para sustituir a las clases de religión? Nos tragamos en ellas las ofensas al cristianismo, las parodias, el sarcasmo. Y el amor se agostó y sus baladas se apagaron.

¡Ve en nombre de Dios, piadosa Rosa Blanca, dona lo que te queda a tantos pobres como hemos causado! ¡Ve en nombre de Dios y paga nuestras culpas!

Revelación

A lo largo de las páginas que en el libro de García Pelegrín preceden a la condena de estos jóvenes, la intimidad de Sophie y Hans, de Christoph y de Alex, de Willy y de Kurt, se me ha ofrecido con todo su entusiasmo y madurez, con toda su ilusión y capacidad de entrega.

Por eso, me niego a quedarme con la imagen del ajusticiamiento. Prefiero retroceder y contemplar a Sophie y Hans en un arranque de entusiasmo, con la alegría de quien canta a voz en grito la verdad, prístinamente sencillos mientras arrojan los ejemplares de la “Sexta Hoja de La Rosa Blanca” en el hall de la Universidad de Munich, a la par que el nacionalsocialismo, amenazado por este reducido grupo de jóvenes estudiantes, grita histérico y encolerizado: “Están detenidos, están detenidos”.

Pero ya es tarde. Las hojas publicadas en la clandestinidad y distribuidas en la universidad y en los buzones de Munich permanecen como permanece lo escrito. Scriptum est! La acusación contra el régimen del terror ha quedado como grabada en una losa: “De vuestra voz solo sale la mentira, de vuestras manos tan solo la muerte”.

Palabras de despedida de Alex Schmorell a sus padres:

(…) me voy siendo consciente de que he servido a mis firmes convicciones y a la verdad. Todo esto me hace esperar con la conciencia tranquila la cercana hora de la muerte.

Palabras de la última conversación de Alex con el abogado Siegfried Deisinger:

Si me dijera que otros, por ejemplo el guardia que me custodia, podría morir por mí, yo escogería a pesar de todo la muerte. Pues estoy convencido de que mi vida, por muy corta que parezca, ha de finalizar en esta hora, porque ya he concluido mi misión. Si me liberaran ahora no sabría qué hacer en este mundo.

Sophie Scholl, los últimos días

Aquel fin de semana aproveché para ver -no me pude aguantar alquilarla- la película Sophie Scholl, los últimos días, de Marc Rothemund, protagonizada por Julia Jentsch. La historia se centra en Sophie (sobre todo en Sophie), y en Hans y Christoph, ya detenidos.

Es muy fiel a la realidad, por más que omite el hecho de que tanto Sophie como Hans pidieron un sacerdote católico antes de ser ejecutados: por ser protestantes, no se les concedió sino un ministro.

Sueño con una rebelión parecida en estos días trágicos que nos sacuden. Sueño con estudiantes que despierten y se nieguen a ser narcotizados por este sistema perverso en el que los medios de comunicación, los dueños de las finanzas y de las corporaciones y la política estéril se han confabulado con el egoísmo salvaje y la soberbia ciega.

Y sueño con que en su corazón aliente un fuego: una llama inextinguible que les lleve hacia una luz; una luz como daga; una daga que rasgue las tinieblas y nos redima. Porque tiembla la Tierra contraída de dolor, y el estupor de las bombas nos estanca. Porque atisbo el pavor en el rostro delirante de esa madre. Porque el llanto de sus hijos repta ya hacia mi ventana. Porque el anciano suplica, y parece no mirar, de puro atónito.

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      […] 14 de marzo de 2025 Sin categoría La Rosa Blanca […]

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